Lifestyle, por Fernanda Bringas (muy_fer_) Producción general y Sol García Hamilton (solchugh) - Producción periodística

Durante décadas, las ciudades estaban pensadas para la velocidad. El objetivo era moverse, producir y vivir rápido. Pero el mapa demográfico global empezó a cambiar y, con él, una pregunta se volvió inevitable: ¿qué pasa con la vida urbana cuando envejecemos? De esta manera, muchas ciudades comenzaron a leer esta transformación como una oportunidad.

Así es como nació el concepto de ciudades age-friendly. Son entornos urbanos diseñados para acompañar el paso del tiempo sin expulsar a quienes lo transitan. Pero, no es con un enfoque asistencialista o nostálgico. Todo lo contrario. Propone ciudades que permitan seguir participando, decidiendo y habitando con autonomía, aun cuando el cuerpo y las rutinas cambian. No se trata de “adaptar” a las personas mayores a la ciudad, sino de rediseñar la ciudad para que el envejecimiento sea parte natural de la vida urbana.

Para pensar en una ciudad age-friendly hay que detenerse en lo cotidiano. Empezando en los trayectos simples como salir a caminar, hacer las compras, encontrarse con otros, subirse a un colectivo, sentarse un rato al sol. Detalles que parecen mínimos, pero que definen si una ciudad incluye o excluye.

Un concepto clave son las veredas parejas, bien iluminadas y sin obstáculos. Es importante que haya bancos cada cierta distancia para descansar, semáforos que respetan tiempos reales de cruce, transporte público accesible y confiable, señalización clara y espacios verdes cercanos. Aunque eso no debería ser nada extraordinario.

En ese camino, algunas ciudades ya avanzaron de manera concreta. Copenhague, Barcelona y Viena son algunos ejemplos de entornos urbanos que incorporaron el envejecimiento activo como parte central de su planificación.

En estas ciudades, la cercanía es clave. Resolver lo cotidiano caminando, moverse con transporte público confiable o simplemente salir a dar una vuelta sin sentir que la ciudad se vuelve hostil con el paso de los años forma parte del diseño. El espacio urbano deja de ser un obstáculo y se convierte en un aliado.

Otro eje central es el movimiento, entendido no como deporte de alto rendimiento, sino como actividad física posible, sostenida y placentera. En Copenhague, por ejemplo, la bicicleta sigue siendo parte de la rutina diaria incluso en edades avanzadas, gracias a circuitos seguros y bien diseñados. En Viena, los parques incorporan senderos accesibles, zonas de descanso y propuestas de ejercicio suave al aire libre.

Barcelona, por su parte, apuesta fuerte al espacio público como punto de encuentro: caminatas guiadas, gimnasia en plazas, yoga suave frente al mar o actividades recreativas barriales forman parte de la vida urbana. Propuestas simples, accesibles y sociales, que no solo cuidan el cuerpo, sino también el bienestar emocional y los vínculos.

El enfoque age-friendly también incluye actividades recreativas y culturales que invitan a seguir aprendiendo y participando. Talleres de arte, lectura compartida, baile, huertas urbanas, fotografía o escritura aparecen como espacios de disfrute y encuentro. Incluso en ciudades como Tokio, el diseño urbano incorpora parques con equipamiento específico para ejercicios suaves y clases comunitarias pensadas para distintas edades.

Otro punto clave de estos proyectos es la participación: las personas mayores no son solo destinatarias, sino protagonistas. Opinan, prueban, sugieren. La ciudad se construye con ellas, no para ellas. Esa escucha activa es, quizás, uno de los gestos más revolucionarios del modelo.

Aunque el concepto nace enfocado en la población mayor, su impacto es transversal. Una ciudad age-friendly también es más cómoda para quienes empujan cochecitos, para personas con discapacidad, para niños, para cualquiera que valore una vida urbana más amable.

Son ciudades menos hostiles, menos ruidosas en sentido simbólico, menos expulsivas. Ciudades que priorizan la escala humana por sobre la lógica del apuro constante. Lo que mejora la vida de los mayores mejora, en general, la vida de todos.

Además, este enfoque propone un cambio cultural profundo porque cuestiona la idea de que envejecer equivale a retirarse.

Durante mucho tiempo, el modelo urbano empujó a las personas mayores a irse a barrios periféricos, a espacios cerrados, a una vida más pequeña. Las ciudades age-friendly invierten esa lógica.

Hablar de ciudades age-friendly no es hablar solo del futuro de “otros”. Es hablar de nuestro propio futuro urbano. Lo que todas estas experiencias tienen en común es una idea simple pero poderosa: envejecer no implica retirarse de la vida urbana. La ciudad no se apaga con la edad; se transforma junto a quienes la viven.